Mi mejor recuerdo de niñez está relacionado al tibio aroma del pan conservado al interior de una vieja bolsa de género.
El ritual era el mismo de siempre, tomar el chauchero, generalmente pequeño, estilo hucha pero con dos ojales metálicos cerrándose.
¿Vamos a comprar el pan?, decía mi abuela, ¡sí!, contestaba, sabiéndome el guardián de aquella querida bolsa que iba guardando el secreto de todas las masas anteriores, con pequeñas migas en cada extremo.
Llegando al almacén de la esquina, la señora Ana me miraba con ternura, regalándome dulces o helados.
¡Esos viejos almacenes!, qué hermoso recordar esos estantes de madera acicalando coloridos envases, el mesón grande, la pesa para el pan, una pala brillante escarbando entre la piel de las marraquetas crujientes.
¿Cuántos kilos peso?, decía la señora sonriente. Un kilo era suficiente, llenando el recipiente dorado, casi totémico de la bolsa, la única y respetada en toda la casa. Útil y lavable, repleta del más rico alimento, protegido y acurrucado en sus entrañas.
El secreto de mi abuela era amarrar la bolsa, es decir cerrarla completamente; de esa manera aseguraba que el pancito no se pusiera duro y miga a miga disfrutarlo con una buena cazuela cuchareada.
Otro modelo era la singular “bolsa de malla”, sostenida por dos aros plásticos.
Mi visión del pasado es un reinado de cosas que no desaparecerán, que pertenecieron al tesoro familiar, no como ahora que vivimos inundados por el plástico y los envoltorios desechables.
¿La bolsa?, ¡la bolsa no!, era el patrimonio tangible de largas tardes de invierno, esperando su turno para volver a llenarse.
Entonces, recuerdo las panaderías de las esquinas; grandes edificaciones de cemento imponentes, especializadas en pan de colizas, hallullas y otros productos complementarios.
La competencia para amasar el mejor pan llevó a marcarlos y adornar con figuritas en relieves sus nombres, incrustándolos a fuego. Podría decir que entonces el pan tenía personalidad, un sello de cada panadero.
Hoy, esas grandes chimeneas se apagaron, en su lugar aparecieron estandartes híbridos pre-cocidos o panes franceses desabridos untados con cremas de paltas transgénicas y margarinas light.
Con la bolsita del pan jubilada, arrumbamos kilos de plásticos, símbolos de los nuevos tiempos; el del desecho frío y cadavérico.
Señor…danos hoy el pan de cada día…
¿Se acuerda usted?